lunes, 3 de julio de 2017

Construir sobre la ruina


Rwanda, 1994
Las Facultades de Filosofía están cerrando sus puertas porque “no sirven para nada”. En realidad siguen el mismo camino que las Facultades de Teología. Próximamente les tocará el cierre a las Facultades de Ciencias Humanas porque este mundo globalizado sólo necesita expertos en la robótica y ciencias exactas como las Matemáticas. Sin embargo, una simple mirada al vecindario nos hace sospechar que necesitamos expertos en Psicología porque el patio mental está desordenado. Proliferan las espiritualidades light que no hacen más que socavar las mentes debilitadas y oprimidas por el agobio existencial. Y así empieza el último tramo de la existencia consciente con la búsqueda del alivio espiritual en casas de charlatanes sin formación académica, los últimos iluminados que se preocupan más por la cantidad de seguidores en sus canales de Youtube que por su calidad sanativa, y que finalmente acaban rematando la faena de un vagabundo espiritual. Es curioso constatar que, incluso los bien formados en ciencias exactas, acaban atrapados en las redes de los iluminados, gastando sus fortunas para financiar los nuevos misioneros de la mística cósmica, para, finalmente, acabar acudiendo a un consultorio psicológico o a un confesionario tradicional.  Pero, ¿cómo hemos llegado hasta aquí?

Los amos del mundo creen firmemente que es sumamente rentable construir sobre la ruina. Es más fácil pescar en un río revuelto. El caos controlado es su centro operacional. Este plan maquiavélico no es de ayer. Es un proceso lento que comenzó con la destrucción de Dios (“Dios ha muerto”, proclamaron públicamente), la ridiculización de la Razón (los filósofos no sirven para nada) y la exaltación del Capital (el dinero como garante de la felicidad). Cuando parecía que habíamos entrado en la pista de la felicidad, los amos del mundo desorganizaron el sector financiero mundial, hundieron las economías de países como Italia, Grecia, España y Portugal y no se atrevieron a ir más porque la indignación estaba llegando al centro de sus operaciones en Wall Street y en Bruselas. El pueblo hambriento estaba dispuesto a saquear los palacios de los amos, como antaño. Recuerden la cantidad de las manifestaciones en el centro de Madrid, desde 2007. Incluso uno de los últimos ministros del Interior, ultraconservador y de misa diaria, llegó a comprar más materiales para los antidisturbios porque había que aplastar la chusma, los “perros flautas” como diría la madre de las mamandurrias en Madrid.

¿Por qué ha vuelto la calma? Por el miedo a la guillotina. Nadie estaba dispuesto a pasar hambre mientras en los palacios tiran la comida a la basura. Los franceses empezaban a recordar que para solucionar sus problemas con los abusones, el recurso a la guillotina era el más eficaz. Cuando los manifestantes empezaron a perseguir a sus mandamases por la calle, éstos entendieron que sus vidas estaban en peligro y empezaron a soltar migajas. Aún vivimos de las migajas, con la soga apretando pero sin ahogar. Pero la calma no es real: nos han metido el miedo en el cuerpo porque hay unos desalmados que han salido de la nada para atentar contra nuestras vidas. Ahora sí que la chusma la ha cagado: ha entregado su seguridad a los amos que lo único que desean es pescar en aguas revueltas. Estamos dispuestos a sacrificar nuestras libertadas, incluso nuestras vidas en nombre de la seguridad porque en frente están unos desalmados que están dispuestos a sacrificar sus vidas en nombre de la divinidad. Pero al final, ellos y nosotros somos la chusma. Ellos siguen los sermones de los amos que habitan en los palacios de oro, beben champagne en sus aviones privadas y llevan un ejército de guardaespaldas; nosotros seguimos las órdenes que se firman en los palacios presidenciales bien protegidos por los cuerpos de élite. Curiosamente, los palacios de aquí y los de allá se comunican al segundo. Pero los desalmados de allá y los pacíficos de aquí nos miramos de reojo.  Ellos acaban reducidos a trozos de carnes, igual que nosotros. Porque ellos y nosotros pertenecemos a la misma chusma.

sábado, 6 de agosto de 2016

Mi mundo

Quisiera ver el mundo a través de tus ojos
Y al amparo de tus besos entregarte mi amor:
Si fracaso, adelanto mi marcha.

Pude prometerte lo imposible
Porque el sendero de nuestros sueños
Estaba minado.

Pude ahogarte en mis lágrimas
Porque mi corazón estaba confundido,
Pero daño no te hice, porque siempre te quise.

Pude esconderte mis sentimientos
Pero mi corazón fue desbordado:
Tarde te descubrí, mas no puedo esperar.

Sabes, he vuelto al templo de mis antepasados
Para deshacer las promesas de mi niñez.
Consejo no pedí, tampoco bendición:
Los amores prohibidos maduran a destiempo.


Yo no puedo renunciar al lugar de mis sueños
Ya no puedo prometer las medallas
Si me falla el corazón
Yo no puedo vivir si me falta tu aliento.


Déjame ser el guardián de tus sueños
Y tu despertador mañanero:
Si fracaso, adelanto mi marcha.


ã Ayurugali

sábado, 26 de marzo de 2016

¿Cómo acompañar a una persona que acaba de perder la fe en alguien o en algo? El ejemplo de los discípulos de Emaús

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En el evangelio de San Lucas (Lc 24, 13-35) encontramos una historia de dos discípulos que se marchan de Jerusalén a Emaús, tristes y decepcionados por lo que habían vivido durante la pasión y la muerte de Jesús en la ciudad santa. Meses antes habían dejado todo para seguirle pensando que él atraería la salvación al pueblo de Israel. Esperaban ansiosamente su resurrección, pero ya iban tres días y solo podían confirmar que su cuerpo había desaparecido. Creyendo que todo se había acabado, decidieron volver a sus hogares para olvidarse del mayor fiasco de su vida. En el camino de vuelta a su casa, misteriosamente se les unió un forastero que iba conversando con ellos acerca de lo que los profetas escribieron sobre ese mesías crucificado. Cuando llegaron a su destino, los dos discípulos le rogaron hospedarse en su casa porque ya era de noche. El forastero se quedó con ellos y en el momento de la cena les reveló su identidad y desapareció ante su asombro. Aunque ya era de noche, los dos discípulos se levantaron de la mesa y volvieron a Jerusalén para anunciar lo que acababan de experimentar.

 

La historia de los discípulos de Emaús es una historia pedagógica que intenta responder a la pregunta de cómo acompañar a una persona que acaba de perder la fe en alguien o en algo. Los discípulos de Emaús, después de asistir a la muerte de Jesús su Salvador y no ser testigos de su triunfante resurrección se marchan de Jerusalén. Se sienten desengañados, decepcionados, frustrados, quemados. Por eso aparece Jesús para consolarlos, animarlos y enviarlos a la misión. Veamos el procedimiento pedagógico que san Lucas utiliza para enseñarnos cómo aconsejar y acompañar alguien que acaba de perder el gusto por la vida.

 

Primer paso: caminar (Lc 24,13-16): los discípulos iban caminando y Jesús se puso a caminar con ellos. Está claro que no hay posibilidad de superar un estado sin ponerse a andar. Si no te pones a caminar nadie se une a tu camino porque las batallas perdidas no son atractivas para nadie. Cuando uno se pone a caminar, tarde o temprano encuentra el camino. O al menos se cruza con alguien que amablemente le ayuda a encontrar el camino. Lo que nadie puede pretender es encontrar el camino sin moverse de sitio. Por lo tanto, es necesario ponernos en camino para que tengamos posibilidad de hallar respuestas a preguntas que nos impiden ver el horizonte con claridad. Los místicos hablarían de la necesidad de tener una experiencia del éxodo como la tuvo el pueblo de Israel en Egipto. Ciertamente, sin una experiencia de éxodo no hay experiencia de liberación; sin la muerte no hay resurrección; sin sacrificio no hay éxito. Si queremos salir de nuestra situación de crisis tenemos que aceptar que el sacrificio forma parte del camino del éxito, y sobre todo tenemos que ser conscientes de que la rendición es el certificado de la caducidad.

 

 

Segundo paso: contar (Lc 24,17-24): Jesús pregunta por la conversación de los discípulos entristecidos. Y los deja hablar y desahogarse porque es el mismo necesitado quien tiene que ir poniendo nombre a sus frustraciones. Como nadie es capaz de adivinar lo que nos está pasando, si no lo contamos nunca lo sabrá ni tendrá la posibilidad de ayudarnos a ordenar nuestras experiencias. Quien necesita ser aconsejado debe contar lo que le está pasando. Lo importante no es la coherencia de sus relatos sino su sinceridad porque no podemos pretender que una persona emocionalmente agitada nos haga un relato impecable. Se trata, más bien, de contar la realidad de sus experiencias sin maquillarla. La tendencia habitual suele ser intentar esconder algunas vivencias que creemos no van a gustar a nuestro interlocutor, pero casi siempre el centro de la gravedad suele estar en lo que tendemos a obviar. Cuando relatamos nuestras vivencias nos damos cuenta que nuestra vida no está hecha solo de fracasos, por mucho que nos empeñemos en centrarnos en nuestros males. Conocer nuestra historia es descubrir sus riquezas y pobrezas, poner de relieve las principales carencias que tenemos y tantear qué tipo de soluciones necesitamos. Contar nuestras vivencias nos ayuda a descubrir lo que podemos ofrecer a los demás y lo que esperamos de ellos. Desahogarse es un paso muy importante que nos ayuda a relajarnos y así poder revisar nuestras historias con una cierta claridad. Por eso quien quiera acompañar a alguien tendrá que escuchar previamente sus fracasos y esperanzas. Sin este paso previo, lo más seguro es que construya su propio castillo en un terreno que no es suyo, condenándose al trabajo inútil y sin esperanza. Hay que dejar a los demás a que hablen de sus cosas, de sus fracasos y esperanzas y a partir de sus reservas vitales trazar un camino de posibles.

 

Tercer paso: concretar (Lc 25, 25-27): vivimos en un mundo aprisado en el que es muy difícil relatar con calma nuestras vivencias. Incluso cuando logramos que alguien nos escuche, aparecen muchas circunstancias que provocan ruido a nuestro alrededor. En esta historia de Emaús, el camino y el atardecer favorecen la escucha activa. Una vez que los discípulos han terminado de contar sus vivencias interviene Jesús para simplificar los hechos para una mejor comprensión. Llamándoles “insensatos” deja muy claro que él sabe de lo que habla. De hecho lo demuestra cuando ofrece las claves para entender lo que ha pasado. Les explica lo que dice la Sagrada Escritura y lo que predijeron los profetas. La confusión de los discípulos es tal que a pesar de las claras explicaciones de Jesús ellos no entienden nada. Pero ya no hay tiempo para que él siga centrando sus experiencias porque están llegando a su destino. A veces cuando el mensaje no llega con claridad, hay que tomar un descanso para volver a reflexionar sobre todo el procedimiento. Por eso Jesús no insiste. No quiere ser un pesado. De hecho se dispone a despedirse de ellos cuando le invitan a hospedarse en su casa porque la noche está cayendo cobre la ciudad.

 

Cuarto paso: comer (Lc 24,28-32): hay que invitar a nuestro acompañante para que se deje sentir uno de entre nosotros, forme parte de nuestro destino y celebre con nosotros nuestros éxitos y fracasos. Si no le invitamos seguirá adelante y perderemos nuestra oportunidad. A veces cuando uno se siente deprimido o desorientado tiende a autoaislarse, se adentra en un callejón sin salidas y vive de la autocompasión en su castillo blindado. No se da cuenta que si sigue cerrando sus puertas, tarde o temprano la gente se cansará de esperar a que les abra y se irá con la música a otras partes. Esta reacción es lógica porque no es el acompañante quien necesita ser acompañado y no tiene por qué perder sus energías en una persona que no pone de su parte. Algunas personas creen que el mundo está en deuda con ellas y esperan todo de todos a cambio de nada. Olvidan que el camino del egoísmo, igual que el camino de la mentira, está condenado al fracaso. Alguien dijo que para todas las generaciones confundidas, el primer criterio es el propio bienestar. Pero si realmente queremos que el bien revierta en nuestro propio destino tenemos que ser generosos con los demás y tener la invitación siempre preparada, incluso para los forasteros. Aunque parezca mentira, la generosidad genera generosidad. Cuando los discípulos de Emaús comparten el pan con Jesús se les abren los ojos y le reconocen. Desaparecen el miedo, la tristeza y las frustraciones. Cuando experimentamos un encuentro creativo se nos abre un abanico de los imposibles y empezamos a consentir los sueños que antaño ahuyentábamos con nuestro pesimismo.

 

Quinto paso: compartir (Lc 24,33-35): curados por la fuerza de Jesús, los discípulos se encuentran en condiciones de volver a Jerusalén y contar lo que les ha sucedido. Es el comienzo de la misión: anunciar la buena noticia. Se les ve ansiosos de llegar a Jerusalén para proclamar que Jesús está vivo. Curiosamente, cuando llega a la ciudad santa, descubren que sus compañeros han tenido también la visita de Jesús. Tanto los que habían abandonado la comunidad como aquellos que se quedaron comparten juntos la buena noticia. No hay rencor entre ellos. Los antiguos desertores son reintegrados otras vez porque han descubierto el motor de sus vidas y se dan cuenta que la crisis crea oportunidad de superación. Ciertamente, el camino de la humanidad es una cadena de solidaridad. Cuando se levantan los caídos reciben la misión de cuidar a los demás. Por eso decimos que el egoísmo resta fuerza al proyecto común y no es nada creativo. Es de bien nacido ser agradecido. Cuando el enfermo recupera fuerzas no se marcha a atender sus asuntos: se dispone para cuidar a quienes están pero que él. El soldado que se recupera de las heridas no se va a emborrachar: limpia su arma y se une a los compañeros en el campo de batalla. Muchas veces se nos olvida que nos debemos a los demás desde que nacemos hasta que morimos. Si rompemos esta cadena de solidaridad nos estaremos condenando al camino solitario y estaremos condenando a nuestros compañeros al fracaso. La alegría o el éxito que no se celebra en comunidad es una desgracia. Por eso los discípulos de Emaús vuelven a Jerusalén para compartir su alegría. Saben que el optimismo infunde optimismo, y que los demás necesitan a veces oír que los sueños se cumplen para poder seguir soñando.

domingo, 6 de marzo de 2016

Realizar un chequeo emocional


Siempre que alguien me pide mi punto de vista sobre una situación bastante compleja le doy un consejo básico: simplificar la situación y evitar entrar en un callejón sin salidas. Pero para poder llevar a cabo estos dos consejos es necesario realizar, muy a menudo, un chequeo emocional.

Estoy convencido de que las situaciones simples se analizan mejor. Sostengo que el callejón sin salida suele ser el final del camino. Por eso saber que no estás atrapado en un túnel te garantiza una cierta libertad para actuar con márgenes de error sin perder la pista de salida. Y si cuentas con la complicidad de la simplicidad de los hechos, el optimismo y la esperanza se convierten en la mejor garantía para conseguir tus metas.

Es verdad que la mayoría de las veces uno no se da cuenta del rumbo que está tomando su sendero, sobre todo si no se para a pensar. Pero hay un truco para cortar por lo sano: si tu forma de pensar y de sentir no hace más que traerte disgustos, no necesitas ninguna iluminación para saber que tienes que emprender una nueva forma de pensar y de sentir. En cualquier caso, es aconsejable realizar un chequeo emocional de vez en cuando para ver si la velocidad que se ha alcanzado es la adecuada a sus fuerzas, al entorno y a las circunstancias. Puede ser la meditación o el yoga; puede ayudar una relajación consciente o la confesión sincera con un amigo.

Realizar un chequeo emocional no resulta fácil porque en un mundo maquinizado son pocos quienes tienen tiempo para estar a solas consigo mismo. En cambio son bastante quienes se levantan temprano, desayunan con prisa para no llegar tarde al trabajo. La costumbre no les impide estresarse con sus habituales tareas profesionales. Comen a toda velocidad para poder seguir trabajando. Cuando llega el cierre, las puertas de la empresa se convierten en la salida hacia un mundo feliz y deseado: un par de llamadas a los amigos, si hay suerte, una copa con ellos, pero siempre con la mirada puesta en el reloj. En su casa, los únicos actos conscientes son escasos. Lo normal es encender el televisor, asearse mientras se prepara la cena, cenar de prisa para no llegar tarde a la cita con el sueño porque mañana será un nuevo día. O más bien otro día más.

Somos muchos quienes nos vemos atrapados por la cotidianeidad, aunque seamos conscientes de que la monotonía no es aconsejable porque, como se suele decir, las carreteras más peligrosas son aquellas que no tienen curvas. No es lo mismo conducir por una carretera recta en una llanura manchega que subir un puerto de montañas con muchas curvas. Una carretera con curvas, igual que una situación crítica, exigen nuestra máxima atención. En cambio, una carretera recta, igual que una situación de aparente normalidad, invitan a bajar la guardia porque no hay peligro a la vista. Es cierto que nadie puede vivir constantemente en la liminalidad porque con el tiempo se minan sus fuerzas, pero hay que estar preparado para bordear la frontera sin caer en los surcos.

domingo, 21 de febrero de 2016

El secreto de la resistencia


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Los interrogantes que asaltan a quienes se hacen preguntas profundas o reflexionan sobre principios vitales se resumen en cómo lograr estabilidad personal y social en un mundo desequilibrado por fuerzas adversas. Caminar como si todo fuera normal es un consuelo que no puede durar mucho tiempo. Por eso hay que aprovechar ese optimismo temporal para reorganizar el viaje existencial, convencerse de que solo quien resiste tiene posibilidad de durar más en la conflictividad vital. Todos aquellos que en algún momento de su vida han sabido acompañar a personas cansadas, decepcionadas y hondamente tristes saben que el secreto del éxito está en la resistencia.

Vivir nunca es fácil para nadie. Tratamos de alcanzar los horizontes soñados, incluso en las más adversas condiciones. Vivir es mantener despierta nuestra actividad, luchar continuamente contra las caídas y los estancamientos vitales, convertir las amenazas en oportunidad, aprovechar las fuerzas que a veces están en contra de nuestra marcha y tomar partido en la estabilidad de nuestra vida. Probablemente haya que pactar con el autodominio, la persistencia y la capacidad de motivarse uno mismo. De esta forma nos mantendremos en la realidad sin perdernos. Incluso nos atrevemos a desaviar lo impensable o a vivir en el interior de las turbulencias sin temor a lo imprevisible.

Sabemos que la complejidad de la vida nos sitúa en la pista de lo temporal, donde el gusto por la vida necesita, muchas veces, ser estimulado. Por eso al principio del camino es contraproducente toda búsqueda de soluciones totales y definitivas, pues constantemente estamos llamados a explorar pistas nuevas y provisionales, a mantener desplegadas nuestras antenas vitales. La hipótesis de que la guerra se gana por batallas parece incuestionable. Si el viento no sopla a nuestro favor, lo primero que deberíamos hacer es buscar soluciones parciales que mantengan nuestro ánimo y hagan que la resistencia tenga sentido. Si buscáramos soluciones totales y definitivas, la probabilidad de una decepción estaría garantizada. Y en situaciones conflictivas la decepción no favorece para encontrar una buena salida. Por eso es mejor empezar por conquistar terrenos que están a nuestro alcance, consciente de que cada conquista es un paso hacia adelante.

Si no tenemos nuestra vida centrada en principios sólidos y flexibles estamos condenados a la quiebra. Esta es una constante amenaza que, incluso acecha a los más intrépidos. De ahí que la necesidad de adelantarse a los acontecimientos para no decaer antes de iniciar el camino. Probablemente habrá que contar siempre con el inevitable fracaso que puede deslumbrar todo y condenarnos al eterno derrumbamiento. En estas circunstancias, la claridad de los principios fundantes amortigua el golpe y las probabilidades del fracaso se reducen al mínimo. Por eso es muy importante que tengamos muy claro cuál es nuestra opción fundamental.

Partimos de un hecho muy sencillo: por una parte, la vida es multicolor y por otra parte el fracaso y el éxito son dos caras de una misma moneda, compañeros inseparables en la pista de la resistencia. El problema es que nos encontramos muy temprano ante la necesidad de tener que elegir una de las caras y luchar para que nuestra elección sea el tono de nuestra vida. Tanto en el éxito como en el fracaso, la resistencia representa un papel esencial.

Creemos que cualquier resistencia lleva necesariamente la predisposición de no dar por perdida ninguna batalla. Ésta es la sabiduría de quienes toman en serio su propia vida y no conceden oportunidad a los intrusos, ni siquiera a los falsamente parásitos. Tal vez la experiencia vivida o contemplada nos recuerde, muy a menudo, que la copa de la vida esconde sonrisas y lágrimas. Conformarnos con una u otra realidad depende de nuestra sensibilidad.

domingo, 7 de febrero de 2016

Vivir es caminar en la fragilidad


Todas las experiencias que vamos acumulando a lo largo de nuestra existencia nos avisan constantemente que vivir es caminar en la fragilidad. Cuando parece que todo va bien, una enfermedad nos amarga la fiesta. Cuando parece que todo está perdido, la suerte nos sorprende con una nueva oportunidad. I.Z.B. suele decir que no debemos dar todo por hecho porque la incertidumbre del futuro suele ser generosa.
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Estamos siempre en situación y en tensión. Caminamos sobre un puente que en cualquier momento puede hundirse bajo nuestros pies. Habrá quienes prefieran pensar en el lado más alegre de la existencia y caminen como si mañana no vayan a morir. Otros tenderán a ver el cielo nublado aunque la realidad diga lo contrario. Unos y otros olvidan que la vida es un camino de fracasos y éxitos, que mientras unos celebran el nacimiento otros empiezan el funeral.

Nacer y morir forman parte de un mismo proyecto que, al final, se podrá valorar a partir del recorrido que media entre ambos. Por eso la trama del porqué de la vida no se resuelve al nacer o al morir sino en el día a día. En este día a día es donde colocamos nuestras reflexiones. Si antes de nacer había algo o si después de morir hay alguien esperándonos son realidades que nos trascienden y que dejamos en manos de la reflexión escatológica.

viernes, 29 de enero de 2016

El ser humano participa en su ser


Los filósofos existencialistas defienden acertadamente que el ser humano es él que siempre decide lo que es. Hablamos, naturalmente, del ser humano que tiene conciencia de sí y que aun no ha entrado en la decadencia mortal. Porque nadie puede obviar que otros deciden nuestro nacimiento; que otros deciden nuestra educación infantil, que incluso otros pueden influir en algunas decisiones juveniles. Pero cuando descubrimos nuestra identidad con la mayoría de edad mental, podemos revisar nuestro camino y diseñarlo de acuerdo con nuestros sueños.

 

Sostener que el ser humano es él que decide su destino quiere decir que la persona no está totalmente condicionada o determinada. En última instancia, la persona se determina a sí misma. Su capacidad creativa hace que no se limite a existir, sino que siempre decida cuál puede ser su existencia. Por omisión o por acción, nos vamos recreando hasta llegar a nuestro último suspiro.

 

En el momento en que alguien se hace responsable de su propia vida, entonces los demás podemos facilitarle todos los medios para que recorra con éxito el camino que se ha propuesto seguir. De nada sirve planear un camino con alguien que no está dispuesto a andar. De nada sirve aconsejar alguien que no aceptar el consejo. De nada sirve corregir a quien no reconoce sus fallos o que piensa que las cosas están bien tal como están. Personalmente creo que los casos perdidos existen y no deben ocupar nuestro tiempo.

 

El mundo está lleno de individuos que se pasan toda la vida evitando tomar decisiones. Su mayor preocupación no es buscar el camino sino más bien encontrar excusas perfectas para justificar por qué no pueden recorrer éste u otro camino que, previamente, pactan con sus allegados. Si no fuera porque la decisión (o la no-decisión) de unos afecta a los demás, nadie se preocuparía por el hecho de que alguien decidiera autodestruirse porque al fin al cabo, es su vida que está en juego. Porque nadie ignora que hay causas perdidas por las que no vale la pena implicarse, a no ser que queramos asfixiarnos.

lunes, 18 de enero de 2016

¿Qué hacer cuando las cosas van mal?


Cuando las cosas van bien, parece que todo está de nuestra parte. El mismo ritmo de la vida nos facilita la integración en el seno del universo. Pero, ¿Qué ocurre cuando las cosas no van tan bien, cuando todo el esfuerzo para alcanzar los sueños personales y comunes parece estéril? ¿A dónde acudir para que se nos alivie el dolor por la decepción o por el continuo fracaso? ¿Cómo seguir caminando cuando perdemos alguien importante en nuestra vida o cuando todos nuestros planes se van al garete? Antiguamente, la fe en la Divinidad era un consuelo bastante eficaz en el camino de mucha gente. Últimamente, la ciencia médica parece ocupar su terreno, seguido muy de cerca por las distintas ramas de la psicología.

No hace falta recordar que los últimos acontecimientos globales han puesto en crisis todo un sistema sobre el que cimentábamos nuestro futuro inmediato. Las crisis de los valores humanos ha llevado consigo la avaricia económica, provocando inmediatamente la quiebra del sistema financiero y el derrumbamiento de la esperanza de muchas personas que aspiraban a tener un futuro mejor gracias al esfuerzo y al buen estado del mercado laboral. Desconocemos el número aproximado de quienes, ante la angustia causada por la precariedad económica, optaron por suicidarse. Algunos gobiernos prefirieron rescatar a los bancos antes de ayudar a sus ciudadanos. Quienes antaño pedían a gritos la expulsión de los estados en el sistema financiero han tenido que rogar desesperadamente su aval. Se han dado casos en los que los trabajadores fueron invisibilizados por los empresarios, cuando realmente los mismos trabajadores son parte imprescindibles en el fortalecimiento de las empresas. Todos aquellos que habían confiado su futuro y su consuelo en el trabajo remunerado han visto cómo su optimismo se ha ido desmoronando. Aunque resulta obvio, es muy difícil mantener la esperanza en tiempos de descrecimiento económico. Ahora bien, si el dinero no puede satisfacernos, ¿a qué fuentes acudiremos en tiempos de crisis? Hasta la próxima entrada.


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lunes, 28 de diciembre de 2015

Nadie ganó, nadie dimitió

 
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Normalmente después de unas elecciones generales suele dimitir alguien. Y si no dimite por vergüenza, sus compañeros de partido le hacen dimitir. Tal vez el espíritu navideño hace que los militantes apoyen al perdedor, pensando erróneamente que lo importante es la salud del líder. La situación política española es tan grotesca que ni al nivel general ni en Cataluña vaya a haber un gobierno estable. Más bien tendremos un “gobierno de los perdedores”.
¿A quién beneficia convocar de nuevo las elecciones generales? Probablemente al Presidente Rajoy. Porque si el PSOE no cambia de caras, incluso puede que pierda más votos en beneficio a Pablo Iglesias. Los votantes del PP cabreados con las mamandurrias (como diría la otra) harán de tripas corazón para votar a su partido de siempre, arrinconando a Ciudadanos porque cuando hay una emergencia nacional, mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer.
Tengo claro que si se convocan las elecciones de nuevo iré a votar, pero será un voto de castigo, a no ser que se renueven las caras. Al parecer hay quienes no quieren darse cuenta de lo que piensa el pueblo, aunque se les llene la boca afirmando que el pueblo es soberano. Si el pueblo español  es soberano, este pueblo ha decidido que gobierne Rajoy pero a base de pactos porque las mayorías absolutas no son beneficiosas. El pueblo ha decidido que el PSOE siga haciendo la oposición porque aún le falta madurez para volver a gobernar. Y yo creo sinceramente que una buena oposición es mejor que un mal gobierno.
 
 
 

domingo, 29 de noviembre de 2015

Elecciones Generales de diciembre 2015


No hay que ser la Pitonisa Lola para darse cuenta que el PSOE no va a ganar las elecciones generales de diciembre 2015. Sólo un milagro puede permitir al PSOE conservar sus actuales escaños. Más le vale a Pedro Sánchez empezar a renegociar su contrato como profesor universitario porque difícilmente podrá sentarse de nuevo en el Congreso: primero porque tendrá que dimitir como Secretario General del PSOE; segundo porque hay muchos varones en la trinchera esperando diciembre para pasarle factura. Tomás Gómez, Antonio Carmona y muchos pesos pesados no le han perdonado su actitud autoritaria hacia ellos. Incluso algunos militantes que pagan religiosamente su cuota no han olvidado sus declaraciones anti-militantes diciendo que el Partido Socialista no es de los militantes y que él puede incluir en la lista electoral a quien le dé la gana. Error de profesor que creyéndose depositario de la autoridad académica toma decisiones muy personalistas en una organización muy diversificada. De modo que La Pitonisa Lola puede afirma y afirma que Pedro Sánchez comerá las uvas arrinconado por sus compañeros socialistas. De hecho, los más inteligentes ya están tomando posiciones, conscientes de que las próximas elecciones se ganan en el momento en que se pierde las presentes.
Podemos se ha desinflado. Las guerras internas y el ataque masivo por parte de toda la prensa española han destruido completamente su capacidad de maniobra política. El personalismo de Pablo Iglesias y la ausencia de una ideología que no sea circunstancial no han favorecido el fortalecimiento de Podemos. Podemos es una “marca blanca” para los entregados y va cambiando de nombres según los territorios. Y España es un país que sólo siente en términos de derechas y de izquierdas: nada de centro. Podemos ni siquiera sirve para castigar a una izquierda enamorada del capital, o dar un guantazo electoral al PP que en base a su mayoría absoluta construyó un país a su imagen y semejanza. Mariano Rajoy está de suerte porque el único guantazo que recibirá le vendrá de su alter ego, Albert Rivera, y más que guantazo será un cachete. Y no le impedirá comerse la ideología de Ciudadanos hasta arrinconar a su líder que, siendo simpático, es más destructor que Mariano: no quiere la Cámara territorial porque España es una y libre; no le gusta la Audiencia Nacional; no le gusta el Tribunal Supremo. Pero como lo dice con esa sonrisa casi de un adolescente, es el yerno perfecto para una suegra castradora. Así que tal como está el panorama, Mariano Rajoy es único que comerá las uvas sin pedir ningún deseo especial porque las cosas le van francamente bien. La economía española se ha estabilizado, los trabajadores expulsados del mercado laboral han asumido su realidad de fracasados y salen a la calle solamente para ir a buscar comida en Caritas: ¿protestar? Que protesten quienes tengan contratos indefinidos. Además hay voluntarios que se encargan de recoger comidas en centros comerciales y los distribuyen con tanta entrega que se te quitan las ganas de trabajar. Un país con cinco millones de parados sería un país en pie de guerra, haya o no haya la “ley mordaza”.