domingo, 31 de diciembre de 2017

2017: Hasta siempre Sr. Mugabe.


Este año que se acaba será recordado por muchos africanos por el retiro obligado del Presidente de Zimbabwe después de más de 40 años salvando su patria. O eso decía. Porque las cifras económicas y los avances sociales dejan a Zimbabwe en el mal lugar: un país arruinado, con pasado pero sin futuro. Mugabe fue dimitido por sus compañeros de armas y salvó su pellejo (y su fortuna) gracias al muy cuestionado Presidente Zuma, patrón de la todopoderosa Sudáfrica. Su homologo vecino, el Presidente De santos (Angola) no quiso presentarse a las elecciones y por mucho que intentó dejar atado el destino de su hija en la empresa de petróleo, el nuevo mandatario tenía prisas para colocar a los suyos. Así va la fraternidad negroafricana, una pura invención para resaltar los valores que brillan por su ausencia.
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martes, 31 de octubre de 2017

El lenguaje inclusivo en la lengua francesa


(Reflexión de Augustine Abila Medzo, Secretaria Ejecutiva de PSOE- M)

 

Estupor me causa al oír un intelectual francés clamar alto que los y las impulsores/as del lenguaje inclusivo (abandonar el genérico marcadamente masculino) no sólo va a complicar la comunicación verbal a todo el mundo y más aun a los/las escolares, sino que también tal "descabellada" idea tendrá como consecuencia nada más y nada menos que la muerte del Francés. Pues alega el Francés, al no tener “sufijos adjetivados” al género como la "a" para femenino y la "o" para designar al sujeto masculino como sucede, por ejemplo, en Español, es engorroso y casi imposible estar nombrando en una comunicación a los dos géneros. ¡Toma! Y tan tranquilo se ha quedado. ¿Tranquilo? No, más bien indignadísimo contra aquellas personas que pretenden matar el idioma francés. Quiero decir a este “gentil galo” que el francés tiene licencias lingüísticas suficientes para salir de lo que él califica como embrollo. Puede utilizar el neutro "on" evitando así personalizar al sujeto femenino o masculino e incluso se ahorraría el uso del número: singular o plural. ¡Una solución estupenda! También puede utilizar “las personas” o "tout le monde" en vez de nosotros/nosotras. En fin, es más cómodo para él el uso del masculino genérico en vez de hacer un esfuerzo para promulgar un lenguaje inclusivo. ¡Qué larga lucha nos espera!

 

(Reflexión de Augustine Abila Medzo, Secretaria Ejecutiva de PSOE- M)

jueves, 21 de septiembre de 2017

La nula participación de los africanos en la sociedad española


Yaoundé, septiembre 2017
Llevo más de veinte años viviendo en España, y todavía tengo que explicar que soy católico (poco practicante). Porque muchos españoles piensan que todos los africanos somos musulmanes, que no tenemos estudios y que sólo podemos ser manteros y putas. Quien piensa de esta forma, jamás nos dará la oportunidad para acceder a un puesto de trabajo en la administración, ni nos preguntará qué pensamos a la hora de diseñar las políticas sociales. Pensará que somos niños grandes sin voz ni voto, y esperará que nos comportemos bien, que seamos unos negros buenos que sólo saben decir “Sí, Bwana”. Para quien piensa así, todos los negros son iguales: sean campesinos, estudiantes universitarios, médicos, ministros o presidente del gobierno. Siempre hay que pensar por nosotros, porque al fin y al cabo, somos negros: unos simples niños.
En 1950, Alexis Kagame (sacerdote y filósofo ruandés) se quejaba que los occidentales intentaban solucionar los problemas de los africanos sin tener en cuenta a los propios africanos: On a assez longtemps pensé nos problèmes pour nous, sans nous, et même malgré nous” (cfr: Des prêtres noirs s’interrogent). Sesenta años después, me temo que la situación sigue siendo igual. Los africanos están ausentes, por ejemplo, en la política española, en la industria cinematográfica, en la administración,... se organizan conferencias sobre África y todos los conferenciantes son europeos. Incluso aquellas personas que trabajan voluntariamente por los inmigrantes no están en condiciones de darles la voz. Siempre quieren pensar en nombre de los africanos porque los consideran niños grandotes sin voz ni  voto. De mi reciente viaje con Brussels Airlines aproveche para visionar “El médico africano”: (2016: Cfr: https://www.youtube.com/watch?v=OxFfi6ReKZQ). Voy envejeciendo en Europa pero la mentalidad de mis vecinos a penas se moderniza.

jueves, 3 de agosto de 2017

Morir en el Mediterráneo


Se supone que la misión principal de los políticos es buscar la solución a los problemas que se nos van presentando. Personalmente no dudo de que la inmigración es uno de los graves problemas que tenemos hoy día y que refleja la decadencia de la humanidad. Dejar morir a los congéneres es la mayor abominación que podemos encontrar en nuestras sociedades occidentalizadas. Dejar morir al ser humano mientras te preocupas por el bienestar de un animal hace que uno se reduzca al estado animal. Sorprende que, incluso aquellos responsables políticas que han tenido experiencias límites como perder un hijo trágicamente o haber descubierto, supuestamente, el camino que lleva a Dios, tenga tanta dejadez y dejen morir a los inmigrantes en el Mediterráneo. ¿Será porque son negros aquellos que se ahogan en el mar mientras intentar alcanzar el paraíso soñado? ¿Será que, siendo negros, son invisibles? O será que tenemos políticos que no se preocupan más que por engordar sus cuentas bancarias, aunque sepan que su destino final no será mejor que el de los inmigrantes: morir. Me sorprende que destacados intelectuales no se hagan preguntas profundas sobre la inmigración para iluminar a nuestros políticos. Me sorprende que muchos occidentales se sientan más unidos a los animales que a los seres humanos, aunque esos seres humanos sean negros. Ni el PP, ni el PSOE, ni Podemos ni Ciudadanos tienen un relato constructivo sobre la inmigración. No me extraña que iluminados extremistas aprovechen esta decadencia política para prometer  paraíso a cambia de hacer el mal en la tierra. Al fin al cabo, hay quienes sostienen que dejar morir a un ser humano es más cruel que pegarle un tiro.

lunes, 3 de julio de 2017

Construir sobre la ruina


Rwanda, 1994
Las Facultades de Filosofía están cerrando sus puertas porque “no sirven para nada”. En realidad siguen el mismo camino que las Facultades de Teología. Próximamente les tocará el cierre a las Facultades de Ciencias Humanas porque este mundo globalizado sólo necesita expertos en la robótica y ciencias exactas como las Matemáticas. Sin embargo, una simple mirada al vecindario nos hace sospechar que necesitamos expertos en Psicología porque el patio mental está desordenado. Proliferan las espiritualidades light que no hacen más que socavar las mentes debilitadas y oprimidas por el agobio existencial. Y así empieza el último tramo de la existencia consciente con la búsqueda del alivio espiritual en casas de charlatanes sin formación académica, los últimos iluminados que se preocupan más por la cantidad de seguidores en sus canales de Youtube que por su calidad sanativa, y que finalmente acaban rematando la faena de un vagabundo espiritual. Es curioso constatar que, incluso los bien formados en ciencias exactas, acaban atrapados en las redes de los iluminados, gastando sus fortunas para financiar los nuevos misioneros de la mística cósmica, para, finalmente, acabar acudiendo a un consultorio psicológico o a un confesionario tradicional.  Pero, ¿cómo hemos llegado hasta aquí?

Los amos del mundo creen firmemente que es sumamente rentable construir sobre la ruina. Es más fácil pescar en un río revuelto. El caos controlado es su centro operacional. Este plan maquiavélico no es de ayer. Es un proceso lento que comenzó con la destrucción de Dios (“Dios ha muerto”, proclamaron públicamente), la ridiculización de la Razón (los filósofos no sirven para nada) y la exaltación del Capital (el dinero como garante de la felicidad). Cuando parecía que habíamos entrado en la pista de la felicidad, los amos del mundo desorganizaron el sector financiero mundial, hundieron las economías de países como Italia, Grecia, España y Portugal y no se atrevieron a ir más porque la indignación estaba llegando al centro de sus operaciones en Wall Street y en Bruselas. El pueblo hambriento estaba dispuesto a saquear los palacios de los amos, como antaño. Recuerden la cantidad de las manifestaciones en el centro de Madrid, desde 2007. Incluso uno de los últimos ministros del Interior, ultraconservador y de misa diaria, llegó a comprar más materiales para los antidisturbios porque había que aplastar la chusma, los “perros flautas” como diría la madre de las mamandurrias en Madrid.

¿Por qué ha vuelto la calma? Por el miedo a la guillotina. Nadie estaba dispuesto a pasar hambre mientras en los palacios tiran la comida a la basura. Los franceses empezaban a recordar que para solucionar sus problemas con los abusones, el recurso a la guillotina era el más eficaz. Cuando los manifestantes empezaron a perseguir a sus mandamases por la calle, éstos entendieron que sus vidas estaban en peligro y empezaron a soltar migajas. Aún vivimos de las migajas, con la soga apretando pero sin ahogar. Pero la calma no es real: nos han metido el miedo en el cuerpo porque hay unos desalmados que han salido de la nada para atentar contra nuestras vidas. Ahora sí que la chusma la ha cagado: ha entregado su seguridad a los amos que lo único que desean es pescar en aguas revueltas. Estamos dispuestos a sacrificar nuestras libertadas, incluso nuestras vidas en nombre de la seguridad porque en frente están unos desalmados que están dispuestos a sacrificar sus vidas en nombre de la divinidad. Pero al final, ellos y nosotros somos la chusma. Ellos siguen los sermones de los amos que habitan en los palacios de oro, beben champagne en sus aviones privadas y llevan un ejército de guardaespaldas; nosotros seguimos las órdenes que se firman en los palacios presidenciales bien protegidos por los cuerpos de élite. Curiosamente, los palacios de aquí y los de allá se comunican al segundo. Pero los desalmados de allá y los pacíficos de aquí nos miramos de reojo.  Ellos acaban reducidos a trozos de carnes, igual que nosotros. Porque ellos y nosotros pertenecemos a la misma chusma.