Bajaba la calle Olivar hacia el Centro
cultural de Lavapiés muy despacio, asegurando bien sus pasos. Una simple brisa
podía derribarle. Era una mañana del día 08 de mayo de 2015. Su amplia sonrisa
contrastaba con los signos evidentes de su enfermedad. Ante tanta fragilidad,
Consuelo Cruz subió a su encuentro y bajaron cogidos de la mano. Como ella hace
siempre, le preguntó si se acordaba de mí. Él dijo que naturalmente, y me dijo
que seguía esperando que yo le presentara más ruandeses. Le dije que los
ruandeses abundan más en Bélgica por aquello de que fuimos una colonia belga y
le prometí presentarle por lo menos una ruandesa que anda por aquí. Enseguida
llegaron mucha gente para saludarle. Así era Pedro Zerolo: transmitían buenas
vibraciones, incluso en sus momentos más delicados.

Cuando empezó el acto de campaña y le
tocó hablar, no sé de dónde demonios sacó fuerzas. Sin papeles y sin pausa,
Pedro nos habló de la diversidad, de los derechos conquistados pero que tenemos
que cuidar y nos exhortó a los negros, como solía hacer, a ser visibles en la
sociedad española. Fue un discurso emocionante, propio de un activista, alguien
que dedicó su vida a luchar por los derechos de las minorías ignoradas por una
sociedad que no sabe aprovechar todas las fuerzas vivas para construir su
futuro. Terminado su discurso, todo el auditorio su puso de pié y le aplaudimos
durante casi cinco minutos.
Le conocí el año pasado en una reunión
de afrosocialistas en la calle Ferraz. Me acerqué a saludarle, consciente de
que saludaba uno de los grandes. Le fui a dar la mano pero él me plantó dos
besos. Igual que se los plantó al presidente Zapatero delante de las cámaras, y
según contó él en un programa de La sexta, algunos “patanegras” del PSOE se
mosquearon. Y seguramente no se mosquean cuando descubren casos de corrupción
en su entorno o cuando venden armas a un país en guerra. Mosquearse por un beso
puede ser preocupante, sobre todo en Occidente.
A principio del año 2000 paseaba yo con
Antoine, recién aterrizado en España, por la Plaza Mayor de Salamanca.
Reconozco que la imagen merecía una foto. Él me saca cuatro cabezas como diría
una compañera. Los dos íbamos cogidos de la mano. Como él no entendía aun el
castellano, no se daba cuenta de los “piropos” que nos echaban los salmantinos:
“Olé, negros y maricas”. Marta y Mónica, dos amigas nuestras salmantinas, iban
delante riéndose. Mónica que había estado en Ruanda le estaba explicando a su
amiga que en Ruanda los hombres amigos van cogidos de la mano públicamente y no
tiene nada que ver con la homosexualidad. Antes de explicar a Antoine lo que
pensaba la gente que nos veía, le dije que no me soltara la mano. Nos acercamos
a nuestras amigas y cambiamos de pareja discretamente. Sabía que Antoine,
recién salido de Ruanda, difícilmente entendería que dos hombres o dos mujeres pueden enamorarse. Quince años
después, él es capaz de explicarle a su hija de ocho años que dos personas del
mismo sexo pueden casarse. Me temo que algunos franceses o italianos o
españoles no son capaces de tener esa misma visión que nosotros que “venimos de
la selva”, como diría Marine Le Pen. Me temo que Pedro Zerolo se ha marchado
antes de tiempo porque la batalla de la diversidad no está del todo ganada. Afortunadamente
hay mucha gente como Consuelo Cruz que seguirá su lucha. Para pedir respeto
hacia gays y lesbianas no hace falta ser gay o lesbiana. Para pedir respeto
hacia los negros no hace falta ser negro. Sólo basta entender que todos somos
seres humanos que trabajamos por una sociedad más justa y más igualitaria, una sociedad
que incorpore todos sus miembros al proyecto del bienestar social.
No hay comentarios:
Publicar un comentario