sábado, 17 de enero de 2009

María del Carmen O: in memoriam (12 enero 2009)

En esta semana que se acaba, una buena amiga fue llamada por Dios para descansar junto a él. La mitad de su vida la había pasado en enfrentamientos continuos contra las adversidades de una enfermedad cada vez más frecuente en nuestra sociedad. Pero hace, aproximadamente un año, la misma enfermedad reapareció con más virulencia y atacando a órganos vitales que hasta entonces había respetado. Y nuestra querida Mari no pudo contra su fuerza. De hecho nadie puede con ella. El saberlo no es ningún consuelo. El consuelo es que Mari no perdió su buen humor incluso en los momentos más críticos, cuando el amanecer tardaba siglos y el atardecer le llegaba cuando ya no le quedaba fuerza para contemplarlo. Cuando nos vimos antes de las fiestas navideñas me transmitió una especie de resignación heroica ante lo que parecía inminente. Pudimos bromear cómo lo hacíamos antaño. Hace unos diez años que nos conocimos cuando estaba removiendo cielos y tierras para ayudar a buscar papeles de residencia para un joven africano que se encontraba en la encrucijada de volver a su pueblo como un fracasado o quedarse en España como un luchador. Por supuesto que este joven sigue sus luchas en el norte de España y se encuentra feliz. Poco a poco Mari se fue convirtiendo en la madrina de los centroafricanos en Salamanca. Por eso cuando pienso en su estado actual me siento feliz porque ella ha sido una mujer ejemplar, una luchadora y una buena amiga. Lo sabe su familia. A ella dedico las siguientes palabras:

“La vida de un ser humano tiene tres dimensiones. La primera dimensión es esta vida que llevamos en la tierra. Por experiencia propia sabemos que es una vida frágil, una vida pasajera, una vida caduca. La realidad es que tarde o temprano nos alcanza a todos la muerte terrenal, la muerte física, la muerte biológica. Y a veces da la sensación de que todo se acaba. Pero no es cierto. No es cierto porque los muertos viven en los corazones de los suyos, en los recuerdos de los vivientes. Por eso recordar es volver a colocar en el corazón, es decir amar. Y amar es crear, amar es recrear, en definitiva, amar es dar vida nueva. Amar a una persona equivale a decirle: tú no morirás nunca. Por eso la tercera dimensión para quienes creemos en Jesucristo es que los muertos viven en Cristo. Es lo que nos dice y nos confirma el apóstol San Pablo. Si morimos en Cristo, si realmente creemos en su muerte y resurrección, no cabe duda de que viviremos con él eternamente. Esto se cree o no se cree. Ante la caducidad de esta vida terrenal, Dios responde con la promesa de una vida eterna. Por eso el cristiano como Cristo muere para resucitar. La muerte no es el final del camino. La muerte es la puerta necesaria que nos lleva a Dios. Al final de la vida terrena no está el vació. Al final de la vida terrena no está un túnel sin salida como dicen algunas leyendas. Al final de la vida nos espera Jesús con los brazos abiertos. Al final de la vida nos espera todas aquellas personas con quienes hemos compartido gozosamente esta vida aquí en la tierra. Al final de todo, cuando Dios pronuncie el nombre personal de cada uno de nosotros, no estaremos solos. Estaremos con los nuestros y con Jesús”.

Descanse en paz, querida Mari.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Comparto el dolor que supone siempre la pérdida de un ser querido, con familiares y amigos de Mari. Al principio sobre todo, es durísimo y apenas se encuentra consuelo, por eso nos apegamos a cualquier cosa que pueda suponernos un alivio en el terrible enfrentamiento de no volver a ver ni a escuchar más la voz de la persona a la que tanto amamos.

Descansa en paz Mari, que no me cabe la menor duda de que lo estarás haciendo, pero envío toda la fuerza del universo a todos aquellos que te han querido.

En los momentos más amargos, recordad siempre su sonrisa, porque desde algún lugar ella seguirá sonriendo para vosotros.

Un beso enorme
Pili

Erika dijo...

Descanse en paz Mari.


Es precioso todo esto que has escrito y aunque, por mi condición de atea convencida, no comparto esa fe que muchas veces tanta esperanza da a los que si la tenéis, me quedo con eso que dices de que amar a una persona equivale a decirle: tú no morirás nunca.

Espero que Mari siga viva por muchos años más, en todos vuestros corazones.

Anónimo dijo...

Gracias a todas.