jueves, 9 de octubre de 2014

Nacer, crecer y morir

Todos sabemos que el ser humano es uno de los seres más desvalidos entre los mamíferos superiores. Su salida del útero materno tiene lugar en un momento de inmadurez biológica. El recién nacido tiene que ser protegido por sus allegados durante un período notablemente más prolongado que en el caso de cualquier otro mamífero. En muchas culturas del mundo se le otorga el status de independencia cuando cumple los dieciocho años de vida. Biológicamente y culturalmente nacemos a destiempo, pasando del seno materno a la matriz cultural que nos acoge y nos va introduciendo en la conflictividad vital. Durante este proceso de encarnación social nos encontramos más necesitados que el resto de los animales. Ni siquiera somos capaces de defendernos contra cualquier tipo de violencia como el hambre, el frío, el calor o la enfermedad. Un recién nacido abandonado a su suerte no es capaz de sobrevivir.
Juan Masía Clavel sostiene que el ser humano es un “animal inacabado” que se expone a los aspectos de maduración y de autodestrucción individual y colectivamente, a los aspectos de lucidez y de prejuicios, a los aspectos de avances y decadencias. Su nueva vida no tiene fuerza en sí misma: cuenta con la necesaria ayuda de sus progenitores porque francamente, como dice Ignacio Larrañaga, “sin desearlo él mismo, lo echaron a participar en esta carrera. No puede dejar de participar ni salir de la carrera. Saldrá de ella, no cuando él quiera, sino cuando lo saquen. Más aún: no solamente tiene que participar de una carrera no deseada; sino que tiene que hacerlo con un caballo que no es de su grado” y esperar la muerte con resignación. Este final nos plantea muchos enigmas antropológicos: ¿Qué sentido puede tener una existencia abocada a la inexistencia, una vida condenada al aniquilamiento, una unidad que avanza hacia su descomposición?
Los antropólogos dualistas que separan el cuerpo del alma sostienen que el cuerpo muere y que el alma es inmortal. Los monistas, sean espirituales o corporales, también constatan la muerte del cuerpo. Quienes consideramos que el ser humano es una unidad psicosomática, que la persona no tiene cuerpo sino que es cuerpo, también constatamos la muerte del ser humano. Aunque nuestra experiencia no va más allá de la observación del nacer y del morir de otras personas, tenemos la seguridad de nuestra muerte. Es más: la previsión anticipadora de la muerte afecta nuestro actual modo de situarnos en el mundo. La desaparición de las personas queridas nos hace vivir intensamente la muerte y concebir mejor la nuestra. Incluso para “los que parecen hijos de otro dios”, la muerte patentiza su vulnerabilidad.
Muchos estudios sostienen que la muerte no es un momento, es un proceso. El proceso biológico comienza muy pronto. El organismo se va deteriorando. Una dolencia lo acelera. Una enfermedad terminal lo precipita. Albert Camus dice que “los hombres mueren y no son felices”. Las desgracias causadas por la violencia de la naturaleza (tormentas, inundaciones, terremotos, huracanes, el dolor, la vejez, la enfermedad) nos recuerdan constantemente lo frágil, ambiguo y vulnerable que es nuestra vida. Hay una especie de proceso biológico del vivir caminando hacia el morir, y a través del morir, hacia tal vez el sobrevivir. Mientras tanto lo que nos urge es saber cómo caminar con armonía y serenidad en este mundo que nos ha tocado vivir.

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